El Ciudadano Activo. Aplicado a la independencia de Cataluña

Seppuku

Victoria o Seppuku

Como en la magistral obra de Kobayashi, Puigdemont prefiere contarnos la historia que le ha llevado hasta Bruselas. Es el último samurái de una estirpe que siente que le han quitado todo, ultrajado, pero todavía tiene un as en la manga. Puigdemont no es un cobarde, ni ha huido o ha dejado abandonada su Ítaca, como están diciendo en los medios para ridiculizarlo. Hace cinco meses, les dije a las personas de mi entorno que el govern estaba preparando la independencia, y que su vía iba a ser la declaración unilateral de independencia (DUI) del Estado español, y que, lógicamente, la última palabra la tendría Europa. Cinco meses después, todo el plan orquestado, por muy kamikaze que les parezca a algunos, sigue una lógica, una lógica perversa desde el punto de vista de la democracia reglada, pero una lógica, al fin y al cabo. No, Puigdemont no se ha vuelto loco.

Clave 1: Democracia.

¿Y por qué digo “democracia reglada”? Porque siempre que el govern arroja la palabra “democracia” al populacho, lo hace desde la perspectiva romántica e inalcanzable del término. Mientras que el gobierno central, el de la Nación-Estado, lo hace desde el sistema democrático español y europeo que amparan las leyes. “El pueblo ha hablado”, “Todos tenemos derecho a votar”, etc. son mantras que inspiran inevitablemente a la gente en su espíritu democrático y que hábilmente han servido a la causa independentista. Las dos partes, por un defecto de comunicación; asimismo, sus pseudointelectuales correligionarios, no han explicado bien lo que unos y otros entienden por democracia. El gobierno central no debería ser tan hermético, tan gallego.

Como ya se sabe, La Justicia es inalcanzable. Un sistema que pretende ser justo con una masa, no lo es con el individuo. Los grandes pensadores en materia de filosofía política y sociólogos reputados se han estrujado la cabeza para dar con la fórmula de un sistema justo tanto como los físicos teóricos para concretar la naturaleza del tiempo o de la luz. Muchos físicos admitieron la naturaleza mixta de la luz (onda-partícula) y filósofos como Deleuze rescataron que la perfección de un triángulo no se ve en ningún estado de la materia. Es decir, existen conceptos anexactos (que están configurados con los ojos de la mente, como decía Brouwer y comprendidos por Zadeh como conjuntos borrosos), no podemos estar como humanos a la altura de ellos. Uno de ellos es la democracia (del griego dḗmos: que puede traducirse como “pueblo” o “todos”; y krátos, que puede traducirse como “poder” o “gobierno”) . Su idea parte de una tendencia de las voluntades humanas a perpetuar un modelo perfecto e inalcanzable como el Tao. Ya en el origen de este sistema, el sabio Solón decidió poner pies en polvorosa. Dejó el sistema preparado, probablemente, deduciendo que voluntades dictatoriales como las de Pisístrato acabarían utilizando la democracia para enmascarar la verdad de su ideario político. Con hacer creer que se ponen las fichas y se vota en una asamblea, es suficiente. Si alguien ataca al gobierno se le elimina por los medios más burdos o más complejos como sucede en la actualidad. Existe una delgada línea roja entre los sistemas feudales más despóticos como en el Tíbet previo a la invasión china, dónde te cortaban una mano si robabas una gallina y los sistemas democráticos. Porque, a fin de cuentas, todas las leyes estaban/están y estarán al servicio siempre de un poder reservado a unos pocos que sí están por encima de la Ley. La democracia total nunca ha existido, por muy románticos que nos pongamos con las vicisitudes griegas de antaño. Ni puede existir. Podríamos decir: “Vivimos en un Estado más o menos democrático, o más avanzado democráticamente”, pero, por desgracia, nunca en un Estado democrático en la pureza del término. Sin embargo, no por eso hay que destruir el sistema y que cunda la anarquía, o regresar a modelos probados y sorprendentemente no defenestrados como el comunismo. La democracia reglada es la que sirve mejor al ciudadano, a pesar de todo, y se ha demostrado como el menos malo de los sistemas posibles. Para darse cuenta de eso no hace falta ser Winston Churchill.

Clave 2: Constitución.

El plan de Puigdemont estaba claro para mí: No llevaría cauces legales porque entendía que el referéndum no sería aceptado por el Ejecutivo estatal y por el Jefe del Estado. Ellos son los que tienen la primera palabra (art. 92 de la Constitución) y la última el pueblo, y como se sabe, la soberanía no se discute. Constitucionalmente, resulta una contradicción. Pero es que la redacción de algunos artículos del título VIII sobre la organización territorial del Estado suscitan controversia si uno vuelve a los planteados en el título I sobre los derechos y deberes fundamentales. Uno debe ponerse en la cabeza de aquellos juristas que tenían la oportunidad de traspasar definitivamente el telón del franquismo, y tenían a la vez que sostener la patria indivisible y reestablecer las autonomías. Como aventuró García-Trevijano hace 40 años, un servidor, pensó que aquellos hombres buenos se habían extralimitado en las competencias otorgadas a las autonomías y eso, indefectiblemente, acabaría por estallarnos en la cara a todos. Sin embargo, perseguían un buen fin. Ser demócratas es reconocer la plurinacionalidad del país, entre otras muchas cosas.

Clave 3: Plurinacionalidad

La “plurinacionalidad” es otro término que hay que aclarar y ha producido y seguirá produciendo muchos errores de interpretación. Los socialistas y podemitas jugando a la ambigüedad permanente para poder sacar provecho político, haciendo un guiño a su electorado y al mismo tiempo tratando de no ser anticonstitucionalistas/antidemócratas, han hablado de reconocer ante todo la plurinacionalidad y la exigencia de un diálogo (imposible porque unos defienden la nación catalana y otros la Nación-Estado española) para obtener un principio de acuerdo en materia territorial entre las dos partes. Incluso se persigue una reforma de la constitución, en esa dirección tan peligrosa para el Estado. Pues bien, la plurinacionalidad es común a todos los países del mundo. La Nación es un sentimiento común en base a unos parámetros como la Volkgeist: cultura, lengua, etnia, etc. que producen una identidad nacional en el imaginario de la gente. Esa nación puede ser de pocos habitantes y delimitada por un terreno de pocas hectáreas, o puede ser extremadamente enorme. Ahora bien, la cuestión es la utilización de la Volkgeist por parte del nacionalismo, la construcción de esa identidad política que tienen los catalanes y, por ejemplo, no los pasiegos, y que puede deparar en xenofobia, odio, etc.

Luego, está la Nación-Estado, que es la agrupación histórica (exceptúo las naciones o estados-naciones conquistados. Por suerte, el colonialismo europeo finalizó con las Segunda Guerra Mundial), y, por tanto, más firme, de ese conjunto de naciones menos extensas y peculiares. Es decir, si yo cambio mi lugar de residencia con alguien de la meseta madrileña, y él se viene al País Vasco, apenas notará que está con otras gentes extravagantes o ajenas a él. Percibirá modos de actuar propios de la gente del norte, en el que el clima y la latitud son otros, pero la Volkgeist no es tan fuerte (no se perdió por una opresión del Estado, porque el espíritu o idiosincrasia de un pueblo nunca se pierde del todo), mientras que si el madrileño y yo mismo, nos vamos a Francia o a Alemania, y si subimos más todavía hasta tierras boreales, comprobaremos la diferencia. Esa peculiaridad va más allá de la nación territorial de un Estado. Incluso le ocurre al Tirol. Es evidente que no es lo mismo ser de Mendoza que ser de la Patagonia, pero uno se da cuenta que la diferencia es crepuscular, y tiene que ver con la latitud y el clima, es decir, con la geografía, orografía y climatología del terreno que pisamos. La cultura nace y se sostiene en un lugar.  No hay más que ver la idiosincrasia de los isleños. Ahora bien, si consintiéramos que la plurinacionalidad se desplegara sin mesura hasta el infinito, dotándola de leyes, en vías de una república federal, deberíamos aceptar que nuestra historia es otra. Nosotros somos una democracia nueva, y ese consenso debe hacerse bajo el auspicio de Europa, que, en realidad, busca esa suerte de organización federal estadounidense. Sin embargo, todo debe seguir cauces legales, como ocurre y ocurrirá con Escocia y Cataluña. 

Clave 4: Unión Europea.

Otra clave es cabalgar la contradicción de seguir siendo europeos cuando rompes con España que es Europa. Se trata de romper con el intermediario, porque la identidad imaginada es otra distinta a España, por tanto, no hay igualdad.

Europa≡ EspañaCataluña

Pensemos dos casos: Croacia y Albania. Croacia fue el último país en conseguir entrar en la Unión Europea (2013), mientras que Albania ha sido rechazada. Los dos países formaban el Estado-Nación de Yugoeslavia antes de la guerra, y han tardado dos décadas en poder solicitar la entrada. Sin embargo, Albania continúa teniendo conflictos armados en la frontera con Macedonia, y es por eso que no cumple los criterios de Copenhague. Ahora bien, Cataluña es un caso de dentro-afuera y que rompe con los Estatutos de La Unión Europea (La DUI es anticonstitucional desde dos frentes: el español y el europeo) que no acepta los conflictos interterritoriales en los estados miembros. Es una inversión del caso de Albania. Uno rompe las leyes y otro no cumple los requisitos de entrada. Supongamos lo que pasó por la cabeza del samurái Puigdemont cuando, en su lógica perversa, utilizó la fuente nacionalista: la identidad imaginada y el victimismo, para contar su historia en Bruselas. El amparo de un país como Bélgica no era lo más importante, sino la esperanza, la vela encendida, de que más países con normas tan laxas como Bélgica (Véase: Luxemburgo o Suiza) reconociera la república catalana, y así entrar en un conflicto entre países miembros, teniendo que mediar consecuentemente la Comisión Europea. Seguramente, se establecería una especie de “habeas corpus” europeo para Cataluña. Y ése sería el final del plan y no otro. La victoria, y el momento, de guardar la espada.

 

Jaula

 

Deontología del activismo

 

El ciudadano activo debería estimarse de diferente manera que el ciudadano de a pie. Este último es el que forma la masa pasiva. El ciudadano activo debe ser miembro de una comunidad, con derechos, deberes y responsabilidades. Una de sus responsabilidades está en la lucha. Sin embargo, un requerimiento para luchar es el deber de estar profundamente formado. La profundidad es la clave. No se trata de informarse por vías lógicas o conspirativas. El ciudadano activo debe estudiar, formarse, esforzarse por saber, por obtener recursos intelectuales que le ayuden a pensar y analizar un problema, por cuestionarse previamente todo antes de mirarlo, tal y como hace un escéptico, saber a quién escuchar y a no seguir todos los dictámenes de los políticos. Los dictámenes son normas no vinculantes según establecimiento jurídico, pero que contienen opiniones sobre conductas; son una propiedad más de la propaganda política y que cala en la masa. Las decisiones se toman luego, una vez la masa maleable actúa según esos dictámenes.

Analicemos el caso de 1-0 del referéndum catalán:

La masa se activó gracias al contexto actual (espacio determinado por el tiempo): casi 10 años en crisis económica y casi 40 años en democracia y nacionalismo catalán gobernando en Cataluña. El valor del tiempo transcurrido es exponencial. Esto quiere decir que hay un crecimiento permanente en la probabilidad de ruptura. Existen muchos más elementos secundarios asociados a estos dos pilares. Sin embargo, muy sucintamente, se trata de que hace 20 años nuestro espíritu democrático estaba todavía en ciernes: había violencia, menos seguridad, menos civismo; llevábamos años en la Unión Europea, pero apenas comenzaba a sentirse el europeísmo (un nuevo sentimiento basado en una nueva forma de civilización) a partir del año 1993 en el que entró en vigor el Tratado de Maastricht, y por eso, nunca podría haber ocurrido este género de ruptura antes. Pero, ¿Por qué el referéndum catalán es una ruptura?

Un ciudadano activo, profundamente formado, responsable ante todo de sus actos y conocedor de sus derechos y obligaciones, debería saberlo. Un ciudadano activo que quiera votar en una consulta debe conocer muy bien los códigos. Ante todo, debe saber qué es la democracia (historia, etimología, otros sistemas políticos, etc.), cómo y porqué funciona un sistema democrático (Se confunde con el espíritu democrático, que nace y se alimenta con el paso del tiempo en un sistema democrático que ampara un estado de derecho no dictatorial, es decir, con derechos y libertades, y, evidentemente, con un Estado del Bienestar), saber que lo que otorga a la ciudadanía poder hacer un género de ruptura es precisamente el “tiempo democrático”, estudiar derecho (conocer y consultar habitualmente La Constitución, La LOPJ, La LEC, La LECrim, La LJS, El Código Penal, etc.), saber qué funciones tiene el gobierno de una comunidad autónoma, saber cuál es la potestad y competencias de un presidente del gobierno, de un presidente de una comunidad autónoma, de un alcalde (Por ejemplo, saber que las comparecencias de Ada Colau para exigir determinadas maneras de dirigirse al Presidente del Gobierno están absolutamente fuera de lugar), comprender la razón de una jerarquía (es la misma lógica que se ha utilizado en urbanismo, en arquitectura, en tecnología, para construir la civilización tal y como la conocemos hoy), la Historia del país y de las comunidades autonómicas, etc.

Todo esto porque sin saber, la opinión es doxa, valga la redundancia. Es algo absurdo en su fundamento pero que los sofistas durante siglos la han utilizado de modo perverso para convencer y mover a las masas, al pueblo. Difícilmente encontrarás a un intelectual de talla sofista, tampoco a un historiador o a un jurista. En cambio, fácilmente encontrarás en escena la persuasión sofista de los políticos. Se supone que alguien que opina sin saber es más fácil que sea dirigido (obviamente, sin él saberlo) La masa cree estar informada, pero si quiere ser ciudadano activo, debe purificarse, educándose, examinándose a sí mismo. Incluso examinando su doxa, en términos de Bourdiau: esa ideología que ya no se cuestiona y que tiene para él grado de episteme.
Responda a las siguientes cuestiones y examine su doxa:

-¿Conoce usted la Historia de Cataluña y de España?

-¿Conoce usted la enorme diferencia existente entre el referéndum escocés y el catalán?

-¿Por qué sale usted a la calle dispuesto a votar en una consulta no vinculante que trata de desbancar La Constitución que es la que ampara el sistema democrático?

-¿Sabe usted lo que es el fascismo?

-¿Sabe usted que la sociedad evoluciona y que Franco murió en 1975?

-¿Considera usted que el nacionalismo español oprime, controla la opinión, como ocurría en tiempos del franquismo?

-¿Conoce usted la Ley para la Reforma Política 1/1977 sometida a referéndum en 1976 en la que se derogó el sistema de régimen franquista?

-¿Sabe usted que el Tribunal Constitucional es el órgano de garantía suprema, de total independencia del poder judicial y político?

-¿Sabe que la aprobación de una ley requiere de un debate parlamentario, de un diálogo entre los representantes elegidos por los ciudadanos?

-¿Sabe usted que gracias a la Constitución Española se pudo restaurar el derecho de autonomía en Cataluña que ahora se utiliza en contra de la propia Constitución?

-¿Sabe usted cómo funciona un referéndum y que es La Constitución la que establece las dos modalidades de consulta?

-¿Considera usted que el proceso de independencia catalán debe tener un marco legal como el de Escocia o no le parece necesario?

-¿No debería esa legalidad que es la que a la postre se basa en valores genuinos, antropológicos, ser objeto de preservación de todos (El Bien Común del que habló Tajani en los premios “Princesa de Asturias”), y, en todo caso, pretender que en esos cauces legales se admitan ciertas reformas de Ley?

Las decisiones del Govern y del gobierno de Rajoy hicieron posible los altercados de 1-0. Era obvio que la situación se complicaría, ya que no se aplicó la ley ante los sucesivos delitos cometidos por el Govern a principios del mes de septiembre, que ya advertían mucho antes de la estrategia lógica que seguiría (DUI, victimismo y búsqueda de amparo internacional) y su propaganda enfermiza durante los años de crisis económica, así como, su focalización en los casos de corrupción del gobierno central, desviando las atención de las corruptelas de la oligarquía catalana. Un ciudadano activo se preguntaría por qué tiene derecho a votar en una consulta no vinculante, que no ha seguido los cauces legales, es decir, del sistema democrático. El derecho a votar en un referéndum lo otorga La Constitución en su artículo 92. No existe otro salvoconducto para ello. Sin La Constitución (aunque esta sea mejorable, no en vano, todo lo es), estaríamos huérfanos de derechos, y a merced de que un “patriota” se erigiera como dictador en una parte del Estado o en todo él. Toda democracia con el paso del tiempo se vuelve perversa, porque siempre hay alguien que quiere comer de esos frutos él solo. Los medios de coerción para la defensa del Estado se vuelven laxos ante la amplitud de derechos y libertades, la opinión pública se hace fuerte, en lo que alguien aprovecha para saltarse la Ley. Entonces, cunde la anarquía, gracias a la misma democracia que sin darse cuenta se está autoboicoteando. “Democracia” es un término ideal e idealizado, que la masa no conoce bien, que no es consciente del sudor, sangre y lágrimas que costó llegar a siquiera nombrarlo en España e instaurarlo como sistema de gobierno.

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Fuerza Nacionalista

 

Pero, todo esto, es teoría deontológica. Quiero decir que, el ciudadano activo no es en la práctica como debería ser y he señalado anteriormente. Existe una masa pasiva sin recursos intelectuales e informada por los Mass Media, que se activa mediante una fuerza centrípeta. Sí, análogamente a un sistema mecánico, como en mecánica clásica.

Fc: m x a

La Fuerza centrípeta (Fc), en esta analogía filosófica, es la fuerza nacionalista, que posee un vector externo. Esto quiere decir, que no procede de nuestra ideología de cuna, (la cual sería un vector interno, que está ya instalado en nuestra mente desde temprana edad y creció en nosotros, por la influencia crucial de nuestros progenitores nacionalistas y el entorno) Por lo tanto, en este sistema que activa el nacionalismo para hacer sentir su fuerza e inclinar la balanza a su favor, sólo nos adherimos como masa a otra masa, a la inercia que produzca el movimiento nacionalista. Los independentistas/anarquistas y nacionalistas/burgueses narcisistas de cuna sólo se adhieren a la fuerza externa con la que se identifican, subiéndose al tiovivo emocional.

La aceleración (a) es la velocidad que se imprime al sistema cerrado, su radicalización. Reducir el tiempo amplificando la propaganda, transformando el pensamiento en un estado de ánimo, apelando al sentimiento común, generando un enemigo externo (el Estado español). Así, la aceleración es el odio.

La masa (m) es la persona como objeto. A mayor número de personas y mayor odio, más incremento de la fuerza nacionalista.

En Cataluña, desde la Diada de 2012, se ha incrementado el adoctrinamiento, la manipulación, el odio, etc. en las aulas, mediante la televisión, los periódicos, el fútbol, etc. Todo resulta en un movimiento circular en el que la masa se mueve hacia el centro del sistema. El historiador español J. P. Fusi hizo una afirmación muy convincente en “Identidades proscritas”: “Las identidades sólo son homogéneas en la comunidades inventadas. En las reales existe una saludable diversidad” 

Ahora bien, cuando el tiovivo emocional da demasiadas vueltas y se detiene de golpe, acaece también una fuerza centrífuga. Esta es una fuerza ficticia que sólo perciben los que están sometidos a la fuerza nacionalista y, de pronto, dejan de estarlo. Sucede lo contrario, la masa huye del centro, cuando la fuerza nacionalista se disipa. Eso ocurrirá cuando se aplique el artículo 155 de la Constitución, tras el beneplácito escenificado por la Unión Europea en los Premios Princesa de Asturias. La masa se irá alejando del centro del sistema gradualmente. Reitero que esto sólo sucede en aquellos que no hayan sido sometidos a una ideología nacionalista de cuna. Estos, en cambio, viven atrapados para siempre en una fuerza cuyo vector es interno, de pensamiento (Mayoritariamente, votantes de la CUP y ERC) Independientemente de lo que suceda fuera, seguirán manteniéndose en los postulados inamovibles de su ideología, en su doxa, seguramente con más odio recalcitrante (No verán el fraude y el adocenamiento de las masas, sino que considerarán una humillación y un agravio dictatorial la intervención del Gobierno estatal, no pudiendo hacer realidad su utopía) Mientras, la fuerza nacionalista se mantiene latente en el País Vasco, a la espera de la temible fusión entre la burguesía del PNV y el independentismo de EH Bildu (la capacidad de esta fusión, de esta fuerza, es mucho mayor que en el caso catalán), en base al resultado del experimento catalán.

Las personas que estamos fuera del sistema nacionalista catalán no somos capaces de percibir esa fuerza ficticia, sabremos de las medidas adoptadas, pero sólo ellos percibirán esa fuerza centrífuga cuando la fuerza nacionalista desaparezca. La resaca será dura y el resto de españoles observadores deberemos estar a la altura de las circunstancias y tener comprensión por el engaño perpetrado. Los que hablan de fractura social no son sociólogos, son periodistas. La sociedad catalana y la escocesa están polarizadas ahora, pero el fraude desvelado a ojos de muchos hará ceder las hordas vociferantes llenas de odio. El nacionalismo reflotará seguro, pero se aplacará cuando el espectáculo termine. Muchos se bajarán del tiovivo, cuando la noria deje de girar. Las urnas serán testigo de ello en diciembre, no sin el boicot de los “odiadores profesionales”, que no será suficiente para acallar una nueva fuerza que estaba latente: la de la españolidad. De todas formas, acabado el espectáculo y detenido el tiovivo, deberemos entender a los ninis que necesitan un cambio, a todos los que vieron en Pablo Iglesias una figura mesiánica ya desde su fulgurante aparición en los Mass Media en 2013, a los ancianos televidentes, a los que identifican España con la “marca España”, a los incultos que opinan siguiendo la moda de las tertulias sobre política, a los que se contradicen porque no tienen capacidad lógica y no saben argumentar, a los que se creen que saben de lo que hablan por el efecto Dunning-Kruger, a los que odian porque se odian a sí mismos y proyectan en los demás su vileza, a los que gustan del activismo como forma de entretenimiento o asociada a una ideología de izquierda, a los que creen en el “pueblo” y no ven que históricamente siempre ha sido dirigido en sus movimientos, etc. No nos levantemos contra ellos, sino sólo para defender el Estado de derecho. No volvamos a las “2 Españas” enfrentadas, ni tampoco a las “2 Europas” (unionistas o separatistas), y tratemos de comprender los fundamentos nacionalistas y el sistema perverso en el que están inmersos muchos de ellos sin saberlo, para así protegernos de una secesión en cadena (Cataluña, País Vasco y Galicia) que derrumbaría el país, y, por tanto, el Estado del Bienestar. Actuemos no movidos por la pasión, sino por la responsabilidad que tiene un ciudadano activo.

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