El primer motor aristotélico

1. La teoría del primer motor según W. Jaeger

 

Quien se enfrenta hoy a la Metafísica de Aristóteles lo hace de forma muy diferente a como lo haría el que la estudiara cien años atrás. Y es que, desde la publicación de la monumental obra de Jaeger, la unidad y la autenticidad de la Metafísica comenzaron a ponerse en tela de juicio, cosa que hasta ese momento no había ocurrido, al menos con la virulencia y del modo tan expreso como entonces se hizo. El filólogo alemán Werner Jaeger aplicó a toda la obra de Aristóteles el método histórico-genético, que se venía desarrollando con enorme vigor desde décadas antes. Al hacerlo, concluyó que en Aris-tóteles se había producido una evolución: en su juventud habría comenzado una etapa platónica, pasando luego por otra principalmente ontológica, para dedicarse al final a la biología y a la ciencia empírica y positiva [1]. Basado en esta hipótesis, Jaeger va mostrando cómo los distintos libros que componen la Metafísica fueron escritos en diferentes épocas de la vida de Aristóteles y que algunos son incluso contradictorios entre sí, haciendo imposible hablar de unidad de la Metafísica [2]. No niega el autor alemán que en la obra de Aristóteles haya una unidad potencial, pero explica que los libros son independientes entre sí: cada uno es un fecundo momento en una fase del desarrollo intelectual de su autor, una aproximación nueva hacia un mismo problema y una solución distinta. Por eso, contentarnos con la presunta unidad sostenida hasta entonces resulta insuficiente. Según Jaeger, la concepción de la Metafísica como una obra tardía de Aristóteles (nunca cuestionada) se vuelve insostenible a la luz de los descubrimientos que realiza: pues éstos muestran que muchos de sus fragmentos fueron escritos en su época más temprana, en la que aún defendía las ideas platónicas, si bien en su último período volvió Aristóteles sobre los textos para reorganizarlos y ajustarlos a sus nuevas circunstancias e ideas [3].

La ganancia, fundamental e irreversible, arrojada por este método es la de recuperar a un Aristóteles vivo, a la vez que se exige una mayor profundización en los escritos del Estagirita para tratar de resolver las aparentes o reales contradicciones que, una vez destacadas, ya no se pueden obviar. Por este y otros motivos, estoy de acuerdo con Jaeger cuando afirma que, “sin ahondar nuestra inteligencia de Aristóteles como una personalidad histórica, no podemos lograr una plena comprensión justamente de la especial naturaleza y profundidad de su influencia sobre la posteridad” [4] .

En el caso que nos ocupa, como es el de la teoría del primer motor aristotélica (To Theion) o entidad primera (próte ousía), el filólogo alemán deduce que tuvo que haber necesariamente una discusión sobre este tema entre el astrónomo Calipo (quien había hecho modificaciones en el sistema de Eudoxo) y el Estagirita. Llega a esta probable conclusión a través del modo de expresarse que tiene el propio Aristóteles, ya que emplea el tiempo imperfecto a la hora de hacer referencia a dichas modificaciones:

“Eudoxo estableció que el movimiento del Sol y de la Luna tienen lugar, respectivamente, en tres esferas: la primera de ellas corresponde a la de las estrellas fijas; la segunda, según el círculo que pasa por el medio del Zodiaco, y la tercera, según el círculo que se inclina oblicuamente respecto del plano del Zodíaco (el círculo por el que se mueve la Luna está en un plano más inclinado que el del Sol) […] Calipo fijaba la posición de las esferas lo mismo que Eudoxo, pero mientras que señalaba el mismo número que Eudoxo a Júpiter y a Saturno, pensaba que debían añadirse dos esferas más más al Sol y otras dos a la Luna, si se querían explicar los hechos observados” [5]

Continúa Jaeger en su revisión de la teoría del primer motor, haciendo hincapié en la diferenciación estilística del capítulo 8 del libro XII con respecto al resto del libro, lo cual hace valer la idea de que dicho capítulo no forme parte del corpus de la Metafísica originaria. De tal manera que dicho capítulo rompe la serie continua de ideas teológicas sobre la naturaleza y asunción por Aristóteles de un primer motor que mueve los cielos. De hecho, Jaeger afirma que los capítulos inmediatamente anterior y posterior ajustan perfectamente [6], pero es el capítulo 8 del libro XII en el que se hace una discusión de razones matemáticas y astronómicas el que disipa la especulación que parece querer puentear, dada su extraña colocación en el libro.

Admite que el procedimiento del traductor alemán A. Lasson de trasladar el capítulo 8 a una nota fue una buena jugada didáctica para restablecer el enlace entre los capítulos 7 y 9, aunque no fue capaz de advertir la perdida de contexto histórico. Mientras, critica la idea de V. Rose de que la doctrina de la ousía es la única aportación auténticamente aristotélica; no en vano, Jaeger considera el capítulo astronómico como un estadio de desarrollo más reciente de la teología de Aristóteles. El éter y su movimiento circular aún no había sido ese elemento clave, de índole física, que cambiaría las especulaciones más tempranas sobre el alma, debidas a su maestro Platón, que contienen los cuerpos celestes, dado su deseo e impulso, por lo que todavía no se hacía necesario admitir cierto número de motores para cada uno de ellos. De hecho, la única diferencia aportada por Aristóteles en esta fase temprana, con respecto a su maestro, era suponer por encima del primer cielo un motor inmóvil eterno, superando la idea del alma del mundo semoviente. En este punto, es imprescindible recordar la aportación de Eudoxo [7](408-355 a.C.) que asumen tanto Aristóteles como Simplicio.

Y es que una vez asumió la teoría de las esferas de Eudoxo, con las consiguientes correcciones de Calipo (370- 310 a.C.), y se puso a estudiar astronómicamente el problema, no pudo por menos que extender la temprana teoría del primer motor, que ya no podría sostener un único movimiento uniforme dadas las observaciones de los astros. Según Jaeger, fue este nuevo camino tomado por el Estagirita el que sumió su texto en inextricables contradicciones. De hecho, dentro del capítulo 8 del Libro XII de la Metafísica, parece volver a la teoría de la sustancia por momentos, dejando a un lado las razones matemáticas y observaciones astronómicas:

“Por otra parte, que el Universo es un solo, es evidente. En efecto, si hubiera muchos universos, como hay muchos hombres, el principio de cada uno de ellos sería específicamente uno, pero numéricamente muchos. Ahora bien, las cosas que son muchas numéricamente tienen materia (ya que la noción es una y la misma para muchos, por ejemplo, la de “hombre”, pero Sócrates es uno). La esencia primera, sin embargo, no tiene materia, puesto que es plena actualidad. Luego, lo primero que mueve, siendo inmóvil, es uno en cuanto a la noción y también en cuanto al número. Y uno es también, sin duda, lo movido eternamente y sin interrupción. Por consiguiente, sólo hay un Universo” [8] 

Tomas Calvo, traductor al castellano de la Metafísica, considera que, si la teoría de las esferas y sus consecuentes motores inmóviles es un añadido que rectifica la antigua doctrina teológica del motor inmóvil único, este párrafo habrá de ser entendido como un añadido al añadido que Aristóteles incluyó para “armonizar” en la manera de lo posible ambas doctrinas en el conjunto de la obra. No obstante, la contradicción se hace flagrante tal y como observa el filólogo alemán: “El hecho es que la forma de las formas, el motor inmóvil, es en su origen un ser único, y sus cualidades peculiares son tales, que toda multiplicación destruye los supuestos del concepto mismo de él” [9]

A continuación, Jaeger trata de argumentar en términos filológicos en favor de este añadido o inserción textual en el capítulo 8 del Libro XII anteriormente expuesto, dando pruebas: diferenciación estilística entre lo que precede y lo que sigue tras su finalización, además de una destrucción de la conexión gramatical de la inserción con respecto a la frase inmediata. Añade que la tendencia a tratar problemas de índole filosófica como el que nos ocupa a la luz de la ciencia exhaustiva es posible que hiciera quebrar la confianza que tenía en las especulaciones platónicas de su teología. Así, se enfrentan dos mundos y principalmente dos ideas que se refutan una a la otra, esto es, abogar por un henoteísmo, donde un Dios o Motor Inmóvil [10] esté por encima de todos los demás dioses o motores inmóviles, o por el contrario razonar con la ciencia de su tiempo en contra del henoteísmo.

Según Teofrasto, a pesar de la discusión de la cadena de motores planetarios planteada con argumentos científicos propuesta por Aristóteles y su nuevo cálculo (55), continuaría entre los peripatéticos habiendo una inclinación a favor de la teoría del Primer Motor, y que es posible que el propio Estagirita se viera arrastrado por la inercia o la presión que suponía romper con los argumentos derivados de esa postura tradicional en el seno de la escuela. Jaeger destaca la ambigüedad del maestro y concluye, finalmente, en el estudio de la obra que hace Eudemo sobre la Física de Aristóteles, cuya interpretación vislumbra una teología temprana que nada tiene que ver con el famoso capítulo 8 del Libro XII de la Metafísica, donde ya no se refiere a un único ser, Dios, causante del movimiento eterno de los cielos. Por lo tanto, la teología aristotélica más reciente se debe, sobre todo, al capítulo 8 del Libro XII de la Metafísica, y esas inserciones o añadidos, cuyo rasgo más característico es el empleo de la teoría de las esferas de Eudoxo y los cómputos de Calipo, para resolver honestamente el problema de las observaciones que no validaban la teoría de la sustancia, refutan su teología más temprana donde se declaraba a favor del henoteísmo. Un argumento que rechaza G. Reale, precisamente a instancias del arduo trabajo realizado por el filólogo alemán. Para el filósofo italiano no existen tales añadidos, e incluso recrimina al filólogo alemán el modo clasificatorio (genético) de la obra completa de Aristóteles.

“Pero el punto más débil de la lectura jaegeriana de Aristóteles es la interpretación de los escritos de escuela de Estagirita. Jaeger tiene razón cuando dice que todas estas obras no se compusieron en los últimos 12 años en Atenas., sino que una gran parte de las mismas se remonta al periodo de Aso y de Mitilene. Pero se equivoca al pretender más tarde establecer qué partes pertenecen al mismo periodo y cuales al último. Y se equivoca porque a falta de algún dato histórico en el que basarse, se ve obligado a apoyarse en presupuestos de carácter teórico. Jaeger creyó poder distinguir en las obras de escuela estratificaciones fuertemente platónicas, otras menos platónicas y por último elementos de tendencia antiplatónica. En opinión del crítico, estos estratos contienen divergencias teóricas de tal naturaleza que resulta imposible unificarlos, asignando, por consiguiente, los primeros al periodo de Aso, los segundos a una época de transición y los terceros al último periodo de la evolución espiritual del Estagirita. Aplicando este método llamado genético, muchos estudiosos han interpretado de forma diametralmente opuesta, en el curso de medio siglo, las conclusiones de Jaeger”. [11] 

En mi opinión, aunque tampoco podemos saber a cierta ciencia cuál era la intención real del filósofo del Liceo, un esfuerzo en pos de deducir su desarrollo intelectual nos llena de satisfacción y nos hace reconciliarnos con él, ya que comprendemos (sobre todo, si tal como dice Jaeger realizó las rectificaciones arriba comentadas) que persiguió la verdad por encima de todo. No se supone fácil salir de las meras conjeturas teológicas y del paradigma del pensador de las ideas abstractas de aquella época, sin suelo firme; es decir, sin basarse en datos u observaciones empíricas de los fenómenos, y, por lo tanto, el esfuerzo en entender su contradicción debe ser también el nuestro en comprender que la ciencia actual también avanza, evoluciona constantemente, y es precisamente la gran personalidad la que parece conseguir puentear un paradigma. Esta es la clase fundamental de personalidad (Nietzsche los llamará “legisladores”) que cambia el decurso de la historia de la ciencia y, por ende, del pensamiento humano.

 

 

Esferas
La división aristotélica de las esferas según una edición del siglo XV del tratado de Joannes de Sacrobosco, Sphera mundi (1478)

 

2. La cosmología aristotélica

 

Lo primero que hace Aristóteles, una vez aclara que la astronomía trata de la entidad sensible y eterna frente a otras ramas de la matemática como la geometría y la aritmética que no tratan de entidad alguna [12], es dar vida y forma física a las esferas imaginarias que aportaba Eudoxo con la clara intención de salvar los datos y reducir así las anomalías aparentes de los movimientos celestes. Mientras que Eudoxo, como buen hombre de ciencia, no llevo la inteligibilidad de las esferas al terreno de la lógica [13], el Estagirita vio una implicación necesaria en ello.

Si la esfera es inteligible tal y como asume Eudoxo, es decir, piensa por sí misma o actúa en consecuencia; entonces, la esfera existe, independientemente de que no la podamos ver. Así pues, las esferas aristotélicas eran capas cristalinas tridimensionales que flotaban en el éter (quinto elemento) y formaban parte de una maquinaría física perfecta: Estaban encajadas unas en otras, transmitiéndose el movimiento de una esfera a la esfera inmediata interna que tiene su eje en ella.

Pero, hay otro movimiento que no es transmitido de una esfera a otra, que es el propio de cada esfera. Y este es causado por un motor inmóvil que va adherido a cada esfera. Así pues, existe una cadena de motores inmóviles realizando dicho movimiento (mueven sin moverse). Para poder explicar la acción del motor inmóvil como causa final Aristóteles se ve obligado a dotar de alma a las esferas intermedias: dichas esferas aspiran a ser perfectas como el motor inmóvil, y es esa aspiración la que mueve el universo; pero, para poder aspirar a esa perfección, han de tener alma. No en vano, el Estagirita se ve obligado a introducir la cadena de motores inmóviles para eliminar la regresión al infinito.

“Pues si no es posible que haya traslación alguna que no esté ordenada a la traslación de un astro y si, además, ha de pensarse que toda naturaleza y toda entidad impasible y participe, por sí misma, de la perfección constituye un fin, no habrá ninguna otra naturaleza tal aparte de éstas, sino que ése será necesariamente el número de las entidades. Pues si hubiera otras, moverían en tanto que constituirían el fin de alguna traslación. Pero es imposible que haya otras traslaciones fuera de las indicadas, lo que es razonable suponer basándose en las traslaciones de los cuerpos. Y es que si todo lo que produce una traslación existe naturalmente por mor de lo trasladado, y si toda traslación lo es de algo que es trasladado, ninguna traslación podrá existir por mor de sí misma, sino por mor de los astros. Y es que, si se diera una traslación por mor de otra traslación, esta última habría de darse también por mor de otra. Por tanto, como no es posible un proceso infinito, el fin de toda traslación será alguno de los cuerpos divinos que se mueven por el cielo” [14]

Seguidamente, Aristóteles tuvo que fijar su atención en los estudios de Calipo, discípulo de Eudoxo, quien había resuelto el problema que existía con la esfera tercera y cuarta de su maestro, añadiendo esferas adicionales (33) que dieran cuenta de los movimientos celestes observables. Sin embargo, dado el carácter errático de los movimientos de los planetas (“errante”, “vagabundo”, es el significado precisamente del término planeta en griego), a diferencia del movimiento uniforme y regular que podemos observar en las estrellas, Aristóteles, para explicar esas alteraciones en el movimiento de los planetas, introduce 22 esferas más en el sistema de Calipo, que ahora giran en sentido contrario a las anteriormente citadas y que causan esa distorsión en el movimiento circular observable de los planetas. Considera que los motores inmóviles son el doble de las esferas de Calipo (el motor inmóvil sumado a los motores móviles de las esferas superiores). Pero como la primera esfera del sistema de cada astro posee el movimiento diario, es necesario contrarrestar los movimientos de las esferas superiores (en la última tiene su eje), a fin de que parta del reposo absoluto, así se añade a la última esfera otras tantas iguales, pero de giro contrario. De ahí que en el sistema aristotélico se cuenten 55 esferas en lugar de las 33 contabilizadas por Calipo. Quizá la aportación más importante no sea este nuevo computo sino la inclusión de “antigiros” o movimientos que contrarrestan el efecto del movimiento del planeta superior. De lo contrario, éste último arrastraría el conglomerado inmediatamente inferior, tal y como señala Hanson [15].

Eudoxo se había encontrado con el problema de lidiar con el movimiento perfectamente circular que se consideraba necesario en las cosmologías precedentes, con esos movimientos retrógrados de los astros que se podían observar. No se dedicó a imponer un “supraesquema” antes de poder describir lo que ocurría realmente, algo que Hanson sí ve en la síntesis armónica y unificadora que pretendió realizar el Estagirita [16]. No obstante, y a pesar de que la teoría cosmológica aristotélica no tenga fuerza predictiva y formando parte de la Metafísica, aún más si cabe, pierda su interés en el marco de la ciencia actual, o, mejor dicho, sea mal visto desde el academicismo científico, Hanson recalca, finalmente, en su obra póstuma, el valor y el esfuerzo científico de Aristóteles, que tuvo su repercusión en el más grande de todos los astrónomos de la época según Gémino, esto es, Claudio Ptolomeo (100-170 d.C).

La visión actual de la ciencia es muy distinta y menos especulativa. Sin embargo, es fundamental conocer los pasos que trazaron nuestros antecesores más ilustres para entender cómo pensaban. Nuestros aparatos de medida astronómicos alcanzan cotas superiores por lo que ya no vemos esferas y admiramos embelesados las estrellas firmes. La idealización o, más bien, ilusión de las esferas celestes alcanzó hasta el mismísimo Kepler. Ni siquiera Herschel (observador metódico de los objetos del espacio profundo, no esféricos) estaba en disposición de ver el viento creando un hexágono regular en el polo norte de Saturno. La geometría se antoja traicionera, aparece y desaparece con el pasar de los años, el espacio nos lleva por senderos inescrutables, y ofrece simulacros, nunca respuestas concluyentes. Se produce una contradicción en tanto la mensurabilidad tecnológica nos hace eficientes para descubrir lo invisible o nuevas formas de lo visible y éstas se muestran todavía más indescifrables.

giphy[1]

 

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[1] Así lo expone en las primeras páginas de su Aristóteles: “Es absolutamente imposible explicar el peculiar estado en que se encuentran los escritos conservados sin hacer la suposición de que contienen las huellas de diferentes estadios de una evolución. Un análisis de los tratados nos conduciría de suyo a la misma conclusión, que confirman aun los fragmentos de sus obras literarias perdidas. El principal propósito de este libro será, por consiguiente, mostrar por vez primera, y mediante los fragmentos de las obras perdidas y el análisis de los tratados más importantes, que en su raíz hay un proceso de desarrollo”. Jaeger, Werner: “Aristóteles”. Madrid: Fondo de Cultura Económica, (1993) p. 15.

[2] Ibid. p. 195.

[3] Ibid. p. 227.

[4] Ibid. p. 421.

[5] Aristóteles: “Metáfisica” Libro XII. 1073b 17,33. Madrid. Ed. Planeta de Agostini (1997)

[6] Jaeger, Werner: “Aristóteles”. Madrid: Fondo de Cultura Económica, (1993) p. 327.

[7] Eudoxo (maestro de Calipo) fue el primero en desarrollar un modelo geométrico de los movimientos celestes. Convencido de que la Tierra estaba inmóvil en el centro del universo, ideó un sistema de cuatro esferas concéntricas para cada planeta. Por esta razón, su concepto era más adelante conocido como el sistema de esferas homocéntricas. El eje de cada esfera se unió a la esfera inmediatamente antes. Esto aseguró que las esferas internas fueron impulsadas por los exteriores. La primera esfera, cuyo eje pasa a través de los polos celestes, gira en 24 horas de este a oeste, simulando aumenta día a día y el entorno del planeta. El eje de la esfera inmediatamente debajo está inclinado de tal manera que su ecuador se encuentra en el plano de la eclíptica. Esta esfera gira de oeste a este en el mismo período en que el planeta se desplaza a través del zodiaco. Por lo tanto, reproduce movimiento medio del planeta. La combinación de estas dos esferas describe el movimiento del planeta diurna y su movimiento a lo largo zodiacal, pero no su movimiento retrógrado. Para explicar este último, Eudoxo utiliza las otras dos esferas. El planeta, en este caso de Júpiter se fija en el ecuador de la esfera más interna, que completa una rotación completa en el intervalo de tiempo entre dos retrogradaciones sucesivas. La esfera superior gira con la misma velocidad, pero en la dirección opuesta, compensando de este modo el movimiento de la otra esfera. Los dos movimientos se anulan entre sí, si los ejes de las esferas coincidieron; pero la inclinación recíproca, fijado en un valor apropiado para cada planeta, hace que el planeta para mover un lado a otro a lo largo de la eclíptica. La trayectoria generada de esta manera es en realidad una curva en forma de ocho que Eudoxo llama hippòpedon, es decir, “el pie del caballo,” desde el nombre de un ejercicio ecuestre.

El hippòpedon es el núcleo del mecanismo: el planeta se desplaza con eficacia de oeste a este a lo largo de la mitad de la curva, y de este a oeste a lo largo de la otra mitad. En otras palabras, la mitad de su recorrido es en la misma dirección como la esfera inmediatamente por encima, la otra mitad en la dirección opuesta. Dado que el planeta se mueve más rápido cerca del centro de la hippòpedon que en sus extremos, se llegará a un punto en que su velocidad longitudinal será superior a la del movimiento medio, y el planeta lo hará brevemente retrógrada.

-Museo Galileo – Istituto e Museo di Storia della Scienza (Explicación traducida personalmente del italiano)-

[8] Aristóteles: “Metafísica” Libro XII. 1074a. 32. Ed. Planeta de Agostini, Madrid (1997)

[9] Jaeger, Werner: “Aristóteles”. Madrid: Fondo de Cultura Económica, (1993) p. 404.

[10] No hay que olvidar también el teleologismo que subyace de la teoría del Primer Motor, ya que éste mueve permanentemente y de manera uniforme el universo con su puro pensamiento (Nous).

[11] Reale, Giovanni: “Introducción a Aristóteles”. Ed. Herder. Barcelona (1985) p. 41.

[12] Aristóteles: “Metafísica”. Libro XII. 1073b. 3. Ed. Planeta de Agostini, Madrid (1997)

[13] Eudoxo es considerado el precursor de la astronomía matemática y, como tal, sus modelos o construcciones geométricas como fueron las esferas homocéntricas trataban de dar una explicación a los movimientos retrógrados de los planetas, sin deducir de ahí ningún componente que no fuese de orden puramente matemático.

[14] Aristóteles: “Metafísica”. Libro XII. 1074a. 17-32. Ed. Planeta de Agostini, Madrid (1997)

[15] Hanson, N. R.: “Constelaciones y conjeturas”. Ed. Alianza Universidad, Madrid (1978) p.81.

[16] Aristóteles tenía una idea global prefijada. Según Hanson: “Aristóteles buscaba tan sólo acomodar sus “computadoras geométricas” dentro de su representación cosmológica mayor”. Hanson, N. R.: “Constelaciones y conjeturas” Ed. Alianza Universidad, Madrid (1978) p.104.

 

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Bibliografía básica:

-Aristóteles: “Metafísica”. Ed. Planeta de Agostini, Madrid (1997)
-Hanson, N. R.: “Constelaciones y conjeturas”. Ed. Alianza Universidad, Madrid (1978)
-Jaeger, Werner: “Aristóteles”. Fondo de Cultura Económica, Madrid (1993)
-Reale, Giovanni: “Introducción a Aristóteles”. Ed. Herder. Barcelona (1985)
-Solís, Carlos; Sellés, Manuel: “Historia de la ciencia”. Ed. Espasa, (2013)

*Consulta complementaria: Museo Galileo – Istituto e Museo di Storia della Scienza.

 

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