El espejo de Dalí

Llaman a la puerta. Tumbado en el sofá miré el reloj de cuco. Pensé que era la casera, aquella vieja no me quitaba ojo desde que me mudé. En aquella época eso de vivir solo estaba mal visto. Supongo que creía que era uno de esos hippies que acumulan basura en casa y un día desaparecen dejando cientos de deudas. No en vano estábamos en el mayo francés. 

Me acerqué sigiloso hasta la mirilla. Se trataba de un tipo alto, de larga cabellera; diría que apuesto, vestía con una de esas parcas de almirante.

Volvió a tocar el timbre.

—¿Quién es?

—Buenas Tardes, preguntaba por Monsieur Edmond Vacaresse.

—Sí, soy yo. ¿Qué quiere?

—¡Ed! Soy yo, Hervé. ¿Te acuerdas?

Giré el pomo de la puerta tan rápido como pude.

—¡Vaya hombre! Pero si es oie. Pasa, pasa —dije mientras miraba hacia los lados.

—¡Deja que te dé un abrazo!

—Claro, ¡cuánto tiempo, oie!

—Sí, desde los años de la facultad.

—¿Cómo me encontraste?

—Nada. Me encontré con tu hermano en El Procope. Me dijo que vivías en Sèvres y por avatares del destino fui a parar aquí.

—¡Qué bien!, Hervé. Siéntate, estás en tu casa. Y dime, ¿Cómo es que dejaste la ciudad para venirte a la periferia?

A Hervé le cambio el rictus. Surgió un incómodo silencio.

—Perdona, ¿Dije algo que te sentara mal?

—No, en absoluto.

—Entonces, ¿No estarás metido en algún comité, en todo eso del cierre de la Sorbona?…

Otro largo silencio.

—Mi chica me ha dejado.

El mundo pareció venírsele encima al terminar de pronunciar aquella frase.

Estaba destrozado. Me quedé mustio, no sabía qué decir. La confianza que teníamos años atrás de alguna forma se había evaporado.

Saqué dos copas de la vitrina. Repasé metódicamente las botellas entrelazadas por tela de araña.

—Ésta es. ¡Ahí va! —espeté, derramando el líquido en su copa.

—¡Qué sabor! Excelente. ¿Qué es?

—Es licor de higo. Hipócrates lo utilizo para combatir los estados febriles de sus pacientes.

Hervé dirigió la vista hacia la estantería de libros. De Ovidio a Kierkeegard.

—¡Dios, Ed! Nunca cambiarás.

Nos reímos y brindamos más de la cuenta para crear efectos catárquicos. A pesar de los años no habíamos cambiado nada; qué otra cosa podíamos hacer. Los lamentos y las sonrisas no fueron más que un preludio sutil y necesario para afilar la dialéctica. Entramos en una conversación sin parangón edulcorada por los arrebatos que nos producía el alcohol. Pero no dábamos nunca con la razón de sus quebraderos de cabeza. No hacía mención alguna, permitiéndose sortear la cruda realidad. Huía de la certeza, por algo era psicoanalista. Según parecía seguía en la profesión, yo vivía de la fotografía, de trabajos esporádicos. Eso del psicoanálisis era una fábula tremebunda, un ejercicio de énfasis y teatro a partes iguales. En cualquier caso, algo ocurrió, creo que lo fulminé con una elucubración digna de elogio sobre las pasiones humanas. Tirado el anzuelo, sonrió y me dijo:

—Está bien. Te lo contaré.

>>… “La conocí en el cine. En el Cinema Le Balzac de París. Estrenaban “Mouchette” de Robert Bresson. Y, claro, yo no podía faltar. No sé si te acuerdas… bueno… el director había sido amigo de mi padre y tenía predilección por él. Así que allí estaba yo, en mi butaca, absorto, observando con exasperación las cornisas de la sala, aguardando el comienzo del film. Es en esos momentos de distracción cuando surge lo singular. Una dama de piernas largas, torneadas, de formas agresivas que rozaban el escándalo, se sentó a mi lado. ¡Jamás!… y tú me conoces, Ed, —haciendo referencia a su éxito con las mujeres— vi una dama más bella. No exagero cuando digo que no podía concentrarme en la pantalla. Su perfume me hechizaba. No quería mirarla, pero su poder de atracción era endemoniado. Al acabar el film no tuve dudas, tenía imperiosamente que hablar con ella. Una dama así viendo una película como aquélla auguraba algo casi perfecto. Pero, ella, sorprendentemente, se adelantó:

—¿Qué te ha parecido?

—¿Disculpe? —me quedé sin palabras. Estábamos demasiado cerca el uno del otro.

—Sí, ¿Qué te pareció? La película… —sonrió señalando a la pantalla.

—¡Ah!… Sí, claro. Mmmm… Muy sensorial.

¡Cómo no se iba a reír si hasta a mí me sonó estúpido! Tenía que retomar el rumbo y sacar de la chistera el comentario adecuado. Quiero decir… Reconducir la situación, Ed. Son momentos importantes en la vida de una persona, una palabra que sobra puede acabar con la inercia de cualquier situación.

—Bueno, yo en realidad no me he enterado de mucho —mentí. Realmente, estaba todavía compungido por todo lo que le ocurría a la protagonista de la película, pero no quería que lo notara– Si te parece podríamos tomar un café y charlar sobre lo que quería expresar el autor.

-¡Qué atrevido!… y… ¡Qué sincero! Me gusta esa combinación. De acuerdo.

¡Te juro que no me lo podía creer!, Ed. De todas las damas estaba con la gran mademoiselle. Era la esencia pura de la femineidad. Un ideal, una diosa esclava de su belleza. Caminar a su lado era caer rendido a sus pies. Lo hacía cual gacela, resuelta, flamenca, ágil instrumento de la juventud. En el café descubrí muchas cosas. Se llamaba Anna, su acento era sueco.

Provenía de una familia campesina. Era una estudiosa del arte. Trabajaba, nada más y nada menos, que en la Escuela de Cerámica de Sèvres. Analicé cada ínfimo detalle, pero no es un recurso fácil cuando uno se está enamorando. ¡Imagínate!, Ed, era como un voyeur depravado, presa de mis instintos más bajos. Deseaba complacerla, fundirme con ella en mis delirios carnales. Sin embargo, ella llevaba otro ritmo. No sé cómo, pero por primera vez era otra persona la que tenía el mando, la que marcaba los tempos, y eso me parecía increíble. Recuerdo que aquella primera noche, se despidió de mi desde el taxi, sensible pero huidiza.

Después de ese encuentro hubo muchos otros, tuvimos más y cada vez era mejor. No había duda, era la mujer de mis sueños. Nos dimos nuestro primer beso aquí en Sèvres, en una noche de verano a orillas del Sena. Una vez más, fue ella la que tomó la iniciativa.

Un día me propuso que nos fuéramos a vivir juntos. ¡Con lo que fui yo!, Ed. Ahora estaba comprometido, implorando que me inyectaran la sustancia de un amor necio que ni yo mismo controlaba. Por supuesto, acepté y doy fe de que fueron los mejores momentos de mi vida. ¡Cuán felices eran los despertares a su lado! Me obligo a borrar de mi mente esas pasiones, pero sé que con eso no podré. No, no podré… Amargo es el dolor, Ed.

Hervé hizo una pausa. Fijó su mirada en el cenicero atestado de colillas y llenó su copa hasta el borde. Bebió todo de un trago y volvió a repetir la maniobra por dos veces.

—El problema Ed, es que era demasiado perfecta. Tan culta, tan independiente.

Todo lo que en un principio me fascinó de ella fue lo que más tarde me hizo padecer. Era un muñeco a su lado, estaba enfermo de celos. Yo… que tuve siempre a las mujeres revoloteando a mí alrededor. ¡Qué caprichosa es la vida!

¡Ay! ¡¿quiénes somos en realidad, los de antes o los de ahora, o los del mañana…?!

—Estás borracho. ¡Déjalo ya!

—No, no lo dejo. Estoy harto de escuchar los problemas de los demás. ¡¡Ahora me vais a escuchar todos!! —vociferó irracionalmente.

—No te preocupes. De todo se sale si uno quiere. Ya lo sabes —dije intentando calmar su vía crucis. Comenzaba a ponerse un tanto violento.

—No… No sé… Ed. Si la conocieras apuesto a que no dirías lo mismo. ¡No es tan fácil! —soltó una carcajada altisonante que me asustó—. Anna, la diosa vikinga —dijo meditabundo.

Se reía a carcajadas entre cursilería y cursilería. Parecía fuera de sí. Aquél no era oie, el torpe futbolista de patio de colegio, ni tampoco el inteligente y educado Hervè que yo conocía.

—Sabes Ed, estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para recuperarla. Ahora lo veo todo claro. Hipócrates tenía razón: El licor me ha curado.

Nos reímos. Le dije que estaba en lo cierto, que había que luchar por lo que uno quería, aunque viniendo de alguien como yo no sonara muy convincente.

—Está bien. Me voy al hotel que ya te he dado bastante la murga. Eres un amigo, Ed. Sabía que tú me entenderías. Nos volveremos a ver, ¡eh! No lo olvides, ¡eh! Bueno… Cuídate.

—Claro, ya sabes dónde estoy. Ven cuando quieras.

Cerré la puerta y miré por la mirilla. Hervé estuvo a punto de caerse por las escaleras.

A la semana siguiente, martes, me llegó un encargo. Tenía que realizar fotografías para un magazine de arte a la señorita Anna Strand. Una artista sueca que estaba restaurando un ánfora de porcelana del siglo XIII. Al parecer, Hervé había pasado por alto contarme lo formidable de su trabajo o quizás esos temas tampoco le interesaran tanto como a mí. En cualquier caso, pensé qué peculiar ley rige este tipo de casualidades, si como se dice todo es fruto del azar, de la probabilidad.

Así pues, me dirigí a su domicilio en Alleé des Acacies. Me costó encontrarlo.

Daba vueltas a pequeñas casas; una ruta espiral hacia la naturaleza de jardines húmedos, casi espectrales. Dejé la bicicleta en el jardín, al lado de un columpio. Miré detenidamente la fachada, carcomida por el musgo. Luego, salí de la fresca envoltura originada por dos magnolias, atravesando un camino de tierra enaltecido por maceteros y enredaderas.

Al llamar a la puerta, salió Anna. Su rostro había heredado los rasgos felinos de la Garbo. Llevaba un batín de satén azul mimetizándose con el color de sus ojos. Me sorprendió verla tan relajada.

—Buenas tardes. ¿Es usted el fotógrafo? —dijo dándome la mano.

—Sí.

—Su compañero se acaba de ir. Me dijo que usted no tardaría mucho en llegar.

—¿Cómo se llama?

—Edmond.

—Muy bien. Espero que sea de su agrado la visita.

Su casa era un espacio único, vertebrado por el misterio del arte. El suelo era un vidrioso arlequinado. A la izquierda, un sillón en forma de labios rojos. Las paredes ostentaban candelabros de bronce y cuadros de profundidad holandesa. Los pinceles y trapos sucios parecían estar por todas partes. Me invadía un olor a claustro, como la fusión del feldespato y cuarzo. Subiendo tres peldaños de mármol alcanzabas el dormitorio. Me llamó la atención un espejo enorme en un lugar poco común.

—Es el espejo de Dalí— me dijo—. Todos los días, al alba, el sol se refleja en el espejo y sus rayos llegan hasta mi cama. Es un bonito despertar.

Ahora entendía que Hervé no pudiera olvidar esos despertares. No me atreví a decirla nada sobre él, tal vez, porque yo también me estaba enamorando de ella. No comprendía su naturalidad. Cada gesto parecía expresar el noble sentimiento que perpetúa la honestidad más rotunda y, al mismo tiempo, más misteriosa. No era una mujer, era un oasis en el desierto del miedo.

—Tomaré un té. ¿Quieres otro?

—Sí, gracias —contesté, aunque repudiaba esa costumbre importada de Gran Bretaña.

La verdad es que me sentía en la piel de Hervé. Estaba dispuesto a cualquier sacrificio por verla sonreír, pero ella no parecía necesitarlo. Teníamos muchas cosas en común, hablamos de tantas cosas que seguro que la entrevista que le hizo Phylippe me resultaría superficial. 

—¿Qué piensas sobre todo lo que está pasando, ya sabes, lo de las huelgas?

—Escribo poesía, no quiero cambiar el mundo.

—Sí, claro —titubeé por un instante—. Cambiarlo implica dominio y toda forma de poder corrompe. Cualquiera sabe en qué se transformará una idea.

Me sonrió con extrema dulzura, lo cual me hizo perder la noción de lo que acababa de decir.

—Creo que el hedonismo es cultural y la justificación de algunos a los que en realidad poco importan sus vidas. Si de verdad les importara se centrarían en ellas. Hablo del ser y no del existir, del individuo. Después de todo, esta gente que apoya el “movimiento” seguirá casándose y amando modalidades de opresión que los limitan, porque la libertad exige responsabilidad y entereza. Para ser libre hay que hacerse invisible.

No sabía qué decir, creo que era el momento de escuchar. De ahí, el silencio.

—Entonces, ¿No crees en la “lucha”? —pregunté retórico.

—Siento que no es algo inherente al ser humano. Es algo abstracto, que nos creímos. La lucha es imponerse un castigo, yo solo trato de vivir y ser por encima de todo lo demás. En todo caso, la mía es una lucha espiritual. No de poder o contrapoder. Además, no tengo tiempo de odiar a la gente.

Una ráfaga de aire fresco y trémulo entró por la ventana. Esto nos hizo detener la conversación. Cuando se apagó el silbido natural, intervine:

—Estoy contigo en eso, sólo que a veces me preocupo de verme tan aislado, viviendo en soledad. ¿Y tú, siendo mujer, cómo lo haces?

—Para mí no hay diferencia. Desde siempre tuve claro que no viviría sometida a un hombre, que la libertad estaba en mí y que sólo tenía que construir formas de vida que me sirvieran. Si lo puedo hacer es porque me alimento de mí misma, es un continuo proceso creativo en el cual los demás no entran. Por esto, valoro mucho la soledad —dijo acariciando un papillon de plata que escondía en su escote.

En seguida me di cuenta de que había superado con facilidad la ruptura con Hervé. Por cómo hablaba no podía ser de otra manera. Seguimos la tertulia y me asombró más con sus ideas, más de lo que podría llegar a imaginar. Saqué mi edixa réflex y traté de improvisar: Una fotografía cogiendo con sus manos un mineral, otra pintando, otra mirando por la ventana a contraluz. ¡Qué mujer! Una musa de porcelana.

Me despedí de ella con tristeza o algo peor: la sensación de que no la volvería a ver.  Aquellos momentos maravillosos formaban ya parte de la memoria, de un ejercicio consumado, irreversible y perecedero como el tiempo. Pedaleaba en el sentido contrario de mis sentimientos. Deseaba volver llamando a su puerta con una declaración de amor. Pero no lo hice, me parecía ridículo.

Dejé el sombrero sobre la cómoda, me encendí un chester y puse el vinilo de siempre. Esas notas de jazz… qué placer era trabajar en compañía de Miles Davis. Luz roja de revelado, fijador, mascarilla, unas pinzas… Rezaba por haber capturado más que una imagen… su alma, y que la fotografía me calmara la sed que tenía de ella.

Llegó la noche y mi habitación se hacía pequeña. La cama se volvió hielo. Daba vueltas y más vueltas entre una lluvia de pensamientos. ¡Anna, no me atormentes! Luz roja otra vez, mi cuerpo desnudo y las fotos encima de la mesa. Me masturbé violento, consumido por la rabia que me producía sentirme una vez más tímido e inútil. Jadeaba como un perro, deseoso de ver a su dueña.

Al día siguiente de mi encuentro con ella, su casa, todo lo recordaba como un sueño. Tuve que volver a ver las fotos para alegrarme el corazón. ¡Ayer existió! ¡Fue real! ¡Ella existe!… De repente, escuché gritos desde la calle, un bullicio salvaje. Abrí la ventana y vi las calles abarrotadas de gente, una manifestación con pancartas. La gente parecía celebrar algo, pero en esta ocasión era distinto. Un joven se subía a la farola que quedaba justo debajo de mi ventana mientras subía la persiana. Cuando llegó arriba del todo, le grité:

—¡¡Eh!! ¡¡¿Qué ha pasado?!!

—¡¡De Gaulle ha desaparecido!! —dijo riéndose con el puño en alto—. ¡¡Está hecho, camarada!!

Creo que no me vio demasiado mayor y pensó que estaría de su parte. Cerré la ventana y escuché carreras por los rellanos, todos salían de sus casas a celebrarlo, aunque el día anterior estuvieran asustados. La casera debía de estar pasando sus peores momentos, eso de la “sublevación del proletariado” no iba con ella. Así pues, salí a la calle y me convertí en uno más dispuesto a brillar con la gloria ajena, haciendo mía una causa por la que no había movido un dedo.

Al día siguiente, nos dimos cuenta de que todo había sido una ilusión. El General enfundado en sus mejores galas regresó con sed de venganza. Como buen estratega apagó el fuego de una posible guerra civil proponiendo un mal mayor. Amenazó con dejar el mando al partido reaccionario ruso y los falsos comunistas cedieron por miedo. Después de esos días convulsos, todo volvería a la normalidad. Durante aquel intervalo de tiempo me había olvidado de Anna por momentos. La nación pendía de un hilo y todos estábamos muy preocupados por el devenir de los acontecimientos. Pero, en cuanto recobré mi soberanía individual, sentí que tenía que volver a verla. Después de lo que había pasado tenía claro que no podía seguir viviendo con temor y temblor a la realidad.

Fui a su casa y llamé a la puerta, pero nadie contestaba. Pregunté en la Escuela de Cerámica y me dijeron que no sabían nada de ella desde la última vez que la había visto. Como el General, había desaparecido, pero la gran artista parecía que para siempre. Traté de comunicarme con Hervé, pero no le encontré en ningún hotel de Sevrès. Tampoco en ninguno de Paris. El desaliento pudo conmigo y tuve que asumir que había perdido su rastro.

Un día leí en el periódico local que Anna Strand se encontraba en paradero desconocido. Al parecer sus cosas estaban intactas en casa. A partir de ahí, se abrió una investigación. Los del magazine de arte informaron a la policía de que Philipphe y yo habíamos ido a su casa el veintiocho de mayo. Fui a declarar y ya se me trataba como culpable de homicidio. Por miedo a que me acusaran no quise hablar de Hervé y dar más datos. Me enseñaron algunos objetos, sospechaban que Anna podía ser comunista, pero si la hubiesen conocido sabrían que ella por sí misma era La Revolución. Tras varias horas de asedio y coacciones bastante peregrinas, entregué los negativos de las fotos y me dejaron marchar.

El caso no se resolvió nunca. Así es que jamás supe nada más de Anna. Tampoco volví a ver a Hervé. Todavía repaso la conversación que tuvimos y por qué se puso tan violento. Creo que en realidad él la odiaba, no podía soportar verse inferior a una mujer. No quiero creer que algo malo la hubiese hecho… 

No me casé, ni tuve hijos y apenas sobrevivo a tanto tedio. Me gustaría tener una charla con ella, saber de ella, saber si su voluntad creadora consiguió sobreponerse al paso del tiempo. Por eso, cada día hago el mismo ritual. Aunque ya estoy mayor, cojo la bicicleta y voy hasta la casa de Anna con la esperanza de volver a verla. Ahora allí vive una familia musulmana. A veces, veo a esa mujer con el velo en su rostro y me pregunto si de verdad existió Anna. 

Con las nuevas tecnologías he tratado de buscarla, pero sin resultado. Tal vez sea mejor así.

Aunque ya no vivo en el mismo apartamento, sigo teniendo sus fotos en el cajón de la mesilla del dormitorio. Suelo mirarlas antes de acostarme mientras acaricio a Greta, mi gata, adolecido por la nostalgia. El blanco y negro la sienta tan bien. Durante los tres últimos meses, me ha dado por ir hasta el puente. Miro al río y pienso… Si quizá se la llevara el Sena.

Hace dos días, justo antes de mi derrota final, un simple detalle me salvó: Coloqué un espejo en el ángulo exacto para que los rayos del nuevo y viejo amanecer me despertaran. Descubrí que la técnica de anclaje, de la que hablan los psicólogos actuales, daba óptimos resultados.

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